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UNA RECETA DE RETORNO AL PASADO
Toda economía tiene una función de producción. Ella expresa la vinculación tecnológica que existe entre las distintas formas de trabajo –de distintos grados de calificación- que se emplean conjuntamente con los diversos tipos de capital –maquinaria y equipo, instalaciones, capital financiero, tierra, etc.-, y el resultado o el producto que se obtiene. La función de producción agregada de una nación es, a su vez, corolario de las funciones de producción de las diversas empresas que actúan en el país. En estos casos lo relevante parecería ser la forma cómo, de acuerdo con las tecnologías adoptadas, la combinación de los factores de producción indicados –trabajo, capital, etc.- permite alcanzar un producto de la manera más eficiente tecnológicamente. Pero lo verdaderamente relevante es luego, considerar las restricciones que suponen los precios de los factores productivos señalados. Por naturaleza, los empresarios intentan siempre alcanzar la eficiencia económica, que generalmente difiere de la tecnológica. En otras palabras, la eficiencia tecnológica no siempre implica eficiencia económica porque aunque se pueda producir más con distintas combinaciones de factores, la que importa es la producción con mínimo costo a lo que se arriba teniendo en cuenta los precios de los factores que se emplean. Una determinada producción se puede alcanzar con distintas combinaciones de trabajo y de capital pero lo que es más importante desde el punto de vista de los empresarios, es lograr una cierta producción al mínimo costo o la máxima producción a un costo dado de los factores que se utilizan para alcanzarla. Cuando se analiza el crecimiento económico de una nación, es fundamental tener presente entonces las tecnologías que permiten la combinación de factores de producción y los precios de éstos. Mejores tecnologías y más empleo de factores productivos son en definitiva, las bases para la expansión económica ante precios de los productos que se elaboran que son generalmente dados para los empresarios que actúan en mercados competitivos. La inversión En los últimos años hemos asistido a una fuerte inversión en el sector agropecuario y en otros sectores de la economía, como en el caso de la producción de celulosa. No son esos sectores -me apuro a decir-, los únicos en los que la asignación de recursos ha sido de gran importancia. La inversión ha sido en tecnologías desconocidas para los uruguayos. En el primero de los casos los gravámenes que impuso el gobierno argentino a la producción del agro ha sido fundamental para la asignación de capital argentino en nuestras tierras. Conjuntamente con la compra de campos, la inversión ha sido en tecnologías no conocidas o poco explotadas en nuestro país. No solo bienes de capital para enfrentar a la agricultura extensiva sino además nuevas formas de manejo de la tierra han permitido una gran expansión de la producción en el sector primario agropecuario. Esa inversión extranjera es la que ha permitido un uso más adecuado de la tierra, mayor producción que la existente hasta hace unos pocos años, un mayor empleo de personal calificado y no calificado y en definitiva, un mayor desarrollo del agro y una menor emigración del campo a la ciudad. La producción de soja, por ejemplo, estimulada por los altos precios internacionales, ha provocado una inversión –fundamentalmente extranjera-, de gran rédito para nuestro país. Hoy es posible ver a los campos mucho más trabajados y con rendimientos mayores, que hace pocos años atrás. En el caso de la producción de celulosa, las conclusiones son similares. El estímulo a la forestación que se promoviera hace ya varios años por un gobierno anterior y el alto precio internacional de ese producto ha llevado –conjuntamente con un entorno amigable para la inversión extranjera-, a la inversión que observamos en Botnia por ejemplo, pero que podría extenderse si se concretaran los nuevos emprendimientos que se han anunciado en el sector. La inversión extranjera ha sido también en este caso, fundamental para que se asignaran recursos monetarios al sector, para que se empleara mano de obra de diversa naturaleza y calificación en la construcción de la planta y en la etapa posterior de funcionamiento productivo. Tanto la asignación de capital en el agro que mencionara como la inversión en la pastera han sido en buena medida razones fundamentales para la incorporación de tecnologías de punta, para el crecimiento de la producción de nuestro país en los últimos tiempos y para un mayor empleo de trabajadores que los que habría si esas actividades no se hubiesen desarrollado. ¿O alguien puede dudarlo? Extranjerización A pesar de la evidencia empírica que nos abruma, en particular en estos últimos cuatro o cinco años en los que las inversiones extranjeras directas han contribuido a un mayor empleo, a mejorar tecnologías y a hacer a nuestra producción más eficiente, a aumentar las exportaciones y al ingreso de divisas por ellas y por la propia inversión, se siguen escuchando a aquellos que prefieren a la autarquía y al retroceso tecnológico y productivo al que nos condena el desprecio por esa inversión. Los países del sudeste asiático primero, México después, China, India y los de Europa Oriental luego y hoy hasta los de America Central y el propio Brasil, han luchado y bregan de manera permanente por lograr una mayor participación de la inversión extranjera directa en sus economías. Han vivido y viven los beneficios de ella, sin la cual una mayor proporción de su población -sin dudas., viviría en condiciones mucho menos favorables. Es imposible resistirse a la globalización y debemos vivir con ella para poder continuar en la senda de la expansión. No solamente las condiciones tecnológicas de nuestra inversión serían insuficientes para competir en un mundo que acepta y promueve a la inversión extranjera directa sino que estaríamos sacrificando la posibilidad de nuestra población trabajadora de alcanzar empleo y remuneraciones reales en aumento. La productividad sería mucho menor, la eficiencia cada vez más incomparable con la de nuestros competidores y el bienestar de la población retrocedería de manera inexorable. La extranjerización de la tierra por ejemplo, pero en general toda inversión de extranjeros, no nos hace perder soberanía. Seguiremos votando lo que queremos, teniendo nuestras propias autoridades y regulaciones, nuestra propia Constitución y seremos libres para tomar todas las decisiones que entendamos convenientes. Por el contrario, prevenir la inversión extranjera no es otra cosa que condenarnos a un desempleo progresivamente creciente, a una emigración permanente y a una pobreza más generalizada. Es realmente asombroso que vivamos en una nación en la que muchos desean que se culmine en una situación como esa por razones alejadas de la realidad mundial del siglo XXI. En un país sin grandes inversores locales y sin posibilidades de tenerlos si se limita toda inversión no oriunda, el aceptar a la inversión extranjera directa, el recibirla con los mismos beneficios que se acepta la local, el no discriminar contra ella ni contra las naciones a las que supuestamente pueden pertenecer quienes poseen las mayorías en sus participaciones accionarias, pero exigiendo las mismas obligaciones que a cualquier otro inversor, es un signo de madurez y de pragmatismo que no puede tener otro corolario que el mayor bienestar para nuestros propios trabajadores.
Por:Jorge Caumont
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