01-07
LOS 1000 ROSTROS DEL PROGRESISMO
El progresismo se impuso ampliamente sobre el conservadurismo o tradicionalismo según los resultados de las elecciones del domingo pasado. Mientras los candidatos menos votados alejaban sus propuestas de las de los dos que finalmente obtuvieron el mayor respaldo popular, tanto el Encuentro Progresista como la confluencia política del Senador Jorge Larrañaga enancaron sus triunfos en promesas que calificaron de progresistas. El adjetivo fue usado con gran frecuencia a lo largo de las campañas de ambos candidatos presidenciales y se incorporó al pensamiento y a la jerga popular. Al principio las dos partes reconocieron ese carácter en ambos movimientos pero la necesidad de disputarse votos les llevó luego a disputarse la bandera del progresismo. Sobre la base de lo conocido deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿qué es el progresismo? ¿qué significa ser progresista? ¿hay hoy una definición de qué es una fuerza política progresista? ¿entendemos todos los electores cual es la propuesta del progresismo? ¿Si las dos fuerzas son progresistas, no deberían estar muy cercanas una y la otra?

Slogan
Un slogan según filósofos y sociólogos contemporáneos, puede influir fuertemente en el pensamiento de una nación. Según ellos, “puede definir para siempre la forma de pensar sobre un hecho o sobre una persona; puede decir brevemente una gran verdad, ser simplemente una mentira simpática o aún convertirse en una verdad a medias, mutilada, empobrecida, a veces agonizante y terminar en una gran mentira”. ¿Cual de esas definiciones puede darse al machacón uso del adjetivo “progresista” para los programas de los ganadores del domingo pasado? Es tan difícil resolver esa incógnita como poder definir al progresismo. Es fácil, sin embargo, adjudicar el término a las corrientes derrumbadas de izquierda en sus versiones más contemporáneas, aunque sólo vestigios de ellas queden en América Latina al haberse vaciado de contenido el progresismo en los sitios en los que nació, básicamente en la Europa de la guerra fría y hasta el fracaso del comunismo hacia el final de los 80s e inicios de los 90s. Fernández de la Mora recuerda que en la segunda mitad del siglo XVIII la idea de progreso ascendió al primer plano de la filosofía de la historia y figuró en los títulos de libros famosos como el de Turgot y el de Condorcet. Significaba entonces, el proceso de perfeccionamiento y mejora del género humano y de esa definición derivó el término político “progresismo” que fue adoptado por los epígonos, por los seguidores de la Revolución Francesa. A partir de allí, dice de la Mora, las izquierdas se consideraron la encarnación del progresismo. En el siglo XX el marxismo y el socialismo –continúa el autor- intentaron monopolizar el progresismo y así es como la Unión Soviética se autodenominó la avanzada de los pueblos progresistas. Su primera figura de entonces, Stalin, se consideró el líder del progresismo y en las etapas finales del régimen soviético en un esfuerzo eufemístico, el vocablo sustituyó al de “comunismo”. Hasta el hundimiento soviético la ecuación semántica era progresismo sinónimo de marxismo y no dejó de ser una cínica postura, que se presentara como causa del progreso a una filosofía que produjo degradación, a una teoría económica que ha ocasionado miseria y a una forma política inseparable de la tiranía. La historia muestra que al derrumbarse el marxismo por inconsistencia teórica y fracaso práctico los progresistas comenzaron un adelgazamiento conceptual y poco antes del desplome los socialdemócratas o socialistas de rostro humano –la enfermedad senil del marxismo para algunos- se arrogaron el verdadero progresismo. No duró mucho el encanto pues a medida que luego de Alemania los partidos socialistas de Europa adoptaron el modelo económico de mercado y de propiedad privada de los medios de producción, el proceso de adelgazamiento conceptual llegó a un punto de raquitismo intelectual muy grave. El progresismo atravesó, en consecuencia, muchas etapas, tuvo muchas caras y en cada una de sus fases se encargó, como lo indicara Felipe Giménez Pérez, de condenar las advertencias contrarrevolucionarias de Schopenhauer, Nietzsche, Donoso Cortés y Carl Schmitt tildándolos de irracionales, antiprogresistas y nazistas. En resumen, para muchos autores occidentales, “el progresismo consiste en una serie de pensamientos vagamente hilvanados que sirve como conjunto de señalas de identidad; es un conjunto difuso que invade todo y que por ello es el más inquietante de los huéspedes: está pero no tiene contornos definidos”. El progresismo, dice Giménez, es como el éter, difícil de medir, registrar y localizar no obstante estar presente en todo.

Progresismo criollo
Agotado el movimiento “progresista” en el mundo, derrotado por la realidad de un capitalismo pragmático, con resultados mucho más favorables y palpables que cualquier otro sistema y más difundido que nunca por la globalización y por lo que ella implica para la inversión multinacional y para el empleo, en Uruguay se revive por los triunfadores del domingo. A juzgar por la fuerza con la que se enarbola la banadera del progresismo, la población debe verlo como la solución a todos o a la mayor parte de los problemas del país. Sería la excepción que confirma la regla. Por otra parte, a las fuerzas que no se consideraron progresistas se las ve como conservadoras, como partidarias del orden establecido y contrarias a toda reforma. Sin embargo, si nos ajustamos a la historia del movimiento a nivel mundial y en particular a buena parte de las fuerzas progresistas en nuestro país, puede ser que el progresismo no sea la solución de los problemas sino, por el contrario, la causa de ellos. Es evidente que, aunque hayan sido en muchísimo menor número que lo que se esperaban, los cambios que se han promovido en el país por la administración actual, la del Dr. Batlle, ellos han ido en el sentido del paso adelante y han enfrentado y se vieron abortados, por el contrapeso de la oposición progresista. Ni qué decir de lo que ocurriera con la administración de gobierno de los años 1990-marzo de 1995, la presidida por el Dr. Lacalle, que planteó cambios fundamentales a varios niveles y que fueran desechados por los progresistas y social demócratas. Y también, aunque con mucho menos audacia, lo que se diera durante la administración del Dr. Sanguinetti, que introdujo reformas a nivel de la educación y de la seguridad social, hoy fuertemente cuestionadas por gran parte del progresismo asociado a la izquierda. La oposición a una reforma puede ser muy buena, la reforma puede ser inconveniente. Muchos pueden anticipar que el cambio o la reforma no es lo que traerá el mejor resultado. Pero lo que no se ajusta a una intención de progreso y aún así se abrogue el calificativo de progresista, es que se mantenga la situación una vez destruída la alternativa. Allí es adonde vemos que los roles están cambiados: ante la intención de cambio de los “conservadores”, los “progresistas” se oponen para dejar las cosas como están. ¿No serán conservadores los progresistas y progresistas los conservadores? Se me ocurre recordar lo que Karl Jaspers decía: “al no saber qué ser, al menos fue anti”. Juan Domingo Perón, al llegar en 1973 a Buenos Aires luego de años de exilio en varios países y al final en Madrid, ante una pregunta que le hizo un periodista en Ezeiza sobre lo que haría como seguro conductor de los argentinos, dijo: “Primero voy a desatar el paquete para ver qué me dejaron”. No creo que tan cerca del poder como han estado las dos fuerzas progresistas que ganaron el domingo pasado tengan la misma ignorancia de la situación uruguaya, que tenía de su patria un Perón alejado durante 17 años y llamado a gobernar en sustitución de su candidato, renunciante presidente constitucional argentino. La información fundamental es conocida. Algunos detalles pueden ser reservados pero no imagino estadísticas económicas alejadas de la realidad y burladas para confort de los gobernantes actuales. Creo por otra parte, que se tuvo acceso, incluso mucho más abundante a los datos económicos sobre todo, que la mayoría de los ciudadanos comunes. Después de todo en la administración central, en las empresas públicas y en otros organismos estatales se repiten burócratas que aparecen vinculados a las fuerzas ganadoras. Las declaraciones de sus integrantes en la televisión, en la prensa oral y en la prensa escrita dan motivos para creer que conocen los problemas. Al menos se declara como si se les conociese. No sabemos hoy, más allá de la declaración que habrán cambios, la naturaleza y sentido de los mismos pero sí sabemos en algunos casos, que son reformas que tanto una como la otra fuerza ganadora el domingo, los impondrán para retrotraernos a etapas superadas, incompatibles con la situación y el sentido en que marcha el mundo. Son cambios que dan prioridad a la igualdad distributiva pero que vivirán el doble fracaso de no lograr la igualdad de oportunidades y de deteriorar la eficiencia económica. El mundo sabe que la alternativa al progresismo es el capitalismo y esa es una realidad que aquí, hoy, en Uruguay, parece que aún, para nuestro pesar, no asimilamos.
Por:Jorge Caumont
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