19-02
LECCIONES DE UN PRESIDENTE DE IZQUIERDA
Los meses de setiembre y diciembre de 2002 han sido memorables para los brasileños. Fueron los 60 días en los que el Partido de los Trabajadores -el PT- brasileño, definió una responsabilidad fiscal y una monetaria para un eventual gobierno de Jose Inacio “Lula” da Silva a partir de enero de 2003, que en ese entonces un economista liberal, ex presidente del Banco Central, Affonso Celso Pastore consideró música para los oídos de los “neoliberales”. La evidencia empírica hasta ahora corrida, ha mostrado ese radical cambio de enfoque económico de Lula, de su Partido y de su gobierno respecto al de sus campañas electorales anteriores. Una lección política distinta a la de su par argentino, que lejos de ser criticada, debe ser bienvenida, pues no provocó los grandes costos sociales -en sentido económico- que causan las indefiniciones que se compran por el solo hecho de gustar el vestido que las envuelve.
La incertidumbre
En setiembre de 2002 las encuestas de Datafolha, Vox Populi y Sensus, así como otras, daban a Lula amplio ganador de la primera vuelta electoral pero no le asignaban la mayoría necesaria para evitar la segunda confrontación. La disputa por el segundo puesto era, entonces, lo que apasionaba a los norteños pues se planteaba entre el candidato oficialista, amigo del presidente Fernando Henrique Cardoso y ex Ministro de Planeamiento, José Serra, y Ciro Gomes. Lejos, en cuarto lugar venía el carioca Garotinhno, ya prácticamente sin chances de ir a un segundo turno. De todos modos las encuestas también indicaban que cualquiera fuera el rival de Lula en la nueva instancia comicial, caería ante el candidato fundador del PT por amplio margen. Con el recuerdo en su memoria de lo que habían sido las plataformas electorales de Lula en campañas anteriores, cuando tuvo de adversario al luego proscripto Collor de Melo o cuando lidió en dos oportunidades sin éxito contra el propio Fernando Henrique -en ambos casos con la contra del éxito sólo quinquenal del Plan Real-, o aún asustado por la mayor bandera que izaba en la campaña de esta última elección en la que el programa Hambre Cero era su estandarte más visible, el mercado local y el internacional reaccionaban en consecuencia. El valor del dólar y el “riesgo país”, los principales indicadores de la incertidumbre de la coyuntura, trepaban a niveles todavía hoy no vueltos a alcanzar. Mientras el signo monetario norteamericano llegaba a cotizar a casi 4 reales no obstante el esfuerzo de Arminio Fraga desde el Banco Central que ajustaba normas de administración bancaria y elevaba la tasa de interés de referencia, la Selic, el riesgo país trepaba a casi 2500 puntos básicos o 25 puntos porcentuales de diferencia con la tasa de interés promedio libre de riesgo de los bonos norteamericanos de igual tenor. Tanto Standard and Poor´s como Fitch, dos de las más importantes calificadoras de riesgo internacionales juzgaban adecuado bajar la calificación crediticia del país -de hecho considerada ya muy baja- y la ubicaban muy cercana al riesgo de “default” o de incumplimiento. Estimaban no sólo que la deuda pública que dejaba el gobierno que salía era alta ya que superaba al 60% del PBI, sino además que los vencimientos en el 2003, por aproximadamente un tercio de la deuda total neta, alrededor de 100 MM de dólares, no serían fáciles de administrar para el nuevo gobierno. Una administración que entraba por la izquierda con los estandartes clásicos de gastar más en lo social y menos en la también justa satisfacción de acreedores, era impensable para las calificadoras, que lograra un superávit primario entre 4 y 5% del PBI como se creía que era lo necesario para llegar a un buen gerenciamiento de la deuda. La recomendación a clientes por parte de bancos de inversión como Merrill Lynch, Goldman Sachs o JPMorgan, por ejemplo, era la de reducir fuertemente las tenencias de títulos de deuda soberanos brasileños, sobre todo considerando que no habían noticias sobre los integrantes del equipo económico que pondría a trabajar el casi seguro nuevo presidente de los brasileños.
Definiciones creíbles
En setiembre ya antes de la primera vuelta electoral e incluso en octubre, mes de la elección, se conocieron algunas definiciones claves. Aloizio Mercadante, uno de los principales referentes económicos de Lula en ese momento, hoy senador por el PT dijo que no habría control de cambios y además se indicó por parte de otros miembros del PT que se aceptaría el programa que el gobierno que culminaba su gestión, había acordado en ese mes con el FMI. Se aceptaron las metas de inflación (6,5% más o menos 2,5 puntos porcentuales), las fiscales (lograr un superávit primario de 3.75% del PBI con el 80% del mismo a lograr en el primer semestre de vigencia del acuerdo), y el límite máximo que se impuso a la deuda pública para los doce meses que culminarían en setiembre de 2003 (la deuda líquida no podía superar los 830 mil millones de reales). Si lo anterior era una señal de responsabilidad fiscal y monetaria, el toque final al compromiso lo dio el propio Lula que ante un auditorio de casi 100 empresarios paulistas dijo, antes de ser elegido presidente en la segunda vuelta, que él asumiría directamente el manejo de la economía de modo de alcanzar estabilidad cambiaria y de precios y aseguró que buscaría un superávit primario tal que hiciese bajar la relación entre la deuda pública y el PBI. Se sucedieron luego, en el mes previo a la asunción de Lula, nuevos anuncios tranquilizadores de los mercados. Mantega, Mercadante, el Ministro de Hacienda ya definido, Antonio Palocci y el propio Lula hablaron sobre la imposibilidad de aumentar el salario mínimo, sobre las restricciones que impedían dar aumentos a los funcionarios del estado, sobre la necesidad de realizar reformas estructurales en el ámbito fiscal y en el de la previsión social y sobre otras cosas por el estilo que hicieron calmar rápidamente a los mercados. Al asumir Lula, el riesgo país ya estaba en 1350 puntos, casi la mitad de lo que era dos meses atrás, la cotización del dólar aflojó notablemente y comenzó su descenso y ya analistas financieros, economistas y periodistas, comenzaban a recomendar Brasil. El Financial Times dijo al comienzo de enero de 2003, que Brasil no entraría en default; analistas financieros comenzaron a dar vuelta sus sugerencias sobre inversiones en títulos del gobierno brasileño y se inició la buena prensa para el gobierno de Lula. Antonio Palocci, el Ministro de Hacienda, señaló como el principal enemigo del gobierno a la inflación y el Presidente del Banco Central, Fernando Henrique Meirelles, ex primera figura del BankBoston a nivel internacional, comenzó su tarea de frenar al alza de los precios y de revertir la expectativa de los agentes económicos sobre lo que pensaban que sería el aumento de precios. Lula, luchando a brazo partido con su sector político fue mucho más allá de imponer a Meirelles en el cargo ya que anunció asimismo y se lo confió al FMI, que era partidario de alcanzar la independencia del Banco Central durante su mandato.
Inflación y deuda
La política macroeconómica del gobierno en el primer semestre de 2003 fue restrictiva. A la inflación se la combatió y venció con una política monetaria sumamente rígida que llevó a varias alzas sucesivas de la tasa de interés de referencia. A la imposibilidad fiscal de pago de la deuda que vencía se la enfrentó con una política tributaria pero sobre todo de baja de gastos -que sacrificó al programa de Hambre Cero- muy severa que llevó al superávit primario en el 2003 a un nivel superior al previsto en el acuerdo de setiembre de 2002 con el FMI. Los resultados fueron: una recesión leve en el primer semestre del año, una reducción significativa de la inflación y un retorno impresionante de la confianza de los inversores en el país. Tres resultados que dejaron al Brasil en una situación favorable para retornar al crecimiento económico con estabilidad cambiaria y baja inflación, algo que comenzó a ocurrir en la parte final del año pasado y que se extenderá a lo largo de este año. No se dejó de pagar la deuda pública; no se sacrificó a los brasileños como hubiera ocurrido si se seguía el curso argentino; el tipo de cambio se estabilizó por debajo de 3 reales lo que no fue inconveniente para alcanzar un récord de exportaciones y la inflación que amagó con resurgir al comienzo del año se ha vuelto a encauzar hacia la meta oficial. Las expectativas han mejorado considerablemente y Brasil no provocó, como lo dijera el financista George Soros, un caos mundial por un eventual “default” o incumplimiento. Estamos acostumbrados a ver que, por lo general, lo que dice un candidato presidencial durante su campaña casi nunca es lo que hace durante su administración de gobierno. El caso de Lula es un ejemplo. Tanto con su política macroeconómica que es la que comentamos, como con su política de reformas -previsional y tributaria-, el presidente brasileño ha sido, por un lado, incoherente con lo que dijera hasta setiembre de 2002 y, por otro, sumamente coherente para evitarle a su país males incomensurables y dejarlo así encaminado en una senda de crecimiento. Las definiciones que no tuvo durante la mayor parte del camino hacia la primera vuelta, llegaron en el mes final de su carrera hacia el poder. No tuvo empacho en asegurar el FMI que su política económica no iba a ser “depredadora” de la conducción anterior sino, más bien, profundizadora en los aspectos que la anterior no osó enfrentar e incluso una política que incursionaría en las reformas claves. Y sus decisiones le han dado un resultado mucho más valorado que criticado por los brasileños en general. El programa de Hambre Cero ha quedado, como lo dijera Guido Mantega recientemente, para cuando crezca la producción y a partir de ello se pueda redistribuir mejor la renta del país. Tanto el Ministro de Planeamiento actual como el propio Lula han llegado a suscribir recientemente, la denominada “teoría del derrame”: asegurar el crecimiento primero para luego repartir. Ojalá que el ejemplo de Lula y no el de Kirchner, sea el que se siga entre nosotros.
Por:JORGE CAUMONT
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