05-01
SI ME EQUIVOCASE, ENTONCES….
En mi última columna “Puedo estar equivocado” reflexionaba sobre las características que podría tener un eventual gobierno de izquierda en nuestro país a partir de marzo de 2005. Creo que la columna no fue, por muchos, interpretada en el sentido que le deseaba dar -el plantear interrogantes sobre lo que haría la izquierda en materia de conducción económica en el marco de las limitantes naturales de un régimen económico-. Tuve, tal vez por una forma equivocada de presentarla, varios comentarios que me ubicaron en una situación que no es la que pretendía. De ninguna manera justificaba un gobierno de izquierda, como me atrevo a indicarlo desde ya, tampoco justifico otro que pueda considerarse en otro lugar del espectro iquierda-centro-derecha, que no defina aspectos fundamentales del manejo económico en el contexto de las limitaciones que se enfrentan en nuestro páis y dadas las experiencias que se conocen. Simplemente reflexionaba estrictamente desde el punto de vista económico y señalaba lo que me parecía que podría ser el rumbo de un gobierno no tradicional. Algo que todos deseamos saber, sobre todo ante la falta de definiciones claras sobre programa e intenciones de manejo económico de un partido político creado en 1971, que ya lanzó también su campaña electoral y que a mi juicio vive la realidad de cualquier coalición opositora. La realidad de facciones con mucha voluntad de cambio -como en el caso de las de los partidos tradicionales- pero que no coinciden o no saben en cómo lograrlos. La realidad de facciones que individualmente, cada una, no puede ganar una elección y que a pesar divergencias entre ellas sobre la conducción política y fundamentalmente económica, se unen para tener una probabilidad de éxito electoral mayor. Las definiciones que debe dar un partido o una coalición pre electoral en materia económica pasan por aspectos de naturaleza macroeconómica -de conducción de corto plazo-, y por aspectos estratégicos, de hacia adónde, hacia qué destino llevar al país en términos de objetivos de mediano y de largo plazo. Pienso que esos objetivos son claros y comunes a los partidos que tenemos en nuestro país: crecimiento sostenido, buenas condiciones de empleo y bajo desempleo, alta inversión, estabilidad de precios y de tipo de cambio, buenos resultados en la cuenta corriente y en la balanza de pagos y en el mediano plazo, un nivel de bienestar mucho mayor para la población con sustancial baja de la pobreza. Pero por otro lado creo y pienso que no estoy equivocado, que una vez planteados los objetivos -reitero, comunes a todos los partidos que bregarán en octubre de este año por el gobierno a partir de marzo de 2005- es mucho más importante conocer la forma, las políticas para lograr esos objetivos. Y aquí es cuando se plantea la polémica sobre cuales serán los caminos a seguir. Todos queremos ser ricos, sanos y bonitos, no hay duda, pero lo importante no es sólo desearlo sino definir las avenidas para lograr lo que aspiramos.
Reflexionaba
En mi columna anterior, conociendo los caminos que habitualmente se siguen por una conducción económica me preguntaba, como el común de la gente pero fundamentalmente como se plantean quienes se constituyen en el motor del crecimiento económico, quienes invierten, qué ocurriría si la izquierda uruguaya llegara al poder en marzo de 2005. Si le daría a la política monetaria y a la fiscal la misma importancia para la estabilidad de precios y cambiaria que hoy tienen la combinación de políticas chilena y la brasileña. O si optaría por expansiones monetarias significativas para bajar transitoriamente las tasas de interés; si a éstas les pondría tope o si subsidiaría el crédito para mejorar el nivel de actividad. Si intentaría desde el vamos una política fiscal expansiva a través de mayor gasto público con fines sociales no reparando en la restricción presupuestal; si trataría de mejorar la distribución del ingreso con aumentos de impuestos a los sectores de mayores ingresos y desgravación de los restantes. Si repudiaría o reestructuraría la deuda que vence en 2005 y en los años siguientes con o sin quita de principal de deuda. Si controlaría los precios de la canasta familiar para reprimir a la inflación o mejorar el ingreso disponible de los consumidores pobres. Si controlaría el mercado de cambios y apropiaría vía el banco oficial las divisas aportadas por exportadores y las cuotificaría entre los importadores que las necesiten. Si aumentaría los impuestos y gravámenes sobre las importaciones para promover la producción local sustititutiva de la del exterior. Si volvería a estatizar las escasas privatizaciones que han habido. Si mantendría el tamaño del estado y de las empresas públicas extendiendo de ese modo su ineficiencia que es un duro castigo actualmente para la productividad global de la economía. Si preservaría sin competencia a sectores de significativa importancia para el sector productivo nacional como el de las empresas públicas que proveen bienes y servicios fundamentales en régimen de monopolio. Se tratan esas y otras preguntas por el estilo, tan sólo de algunas que nos hacemos los uruguayos preocupados por la situación nacional y para relanzarla a un proceso de crecimiento al margen de los vaivenes regionales o del sacrificio de las retribuciones reales de los trabajadores uruguayos. ¿Cambiaría en esta época un eventual gobierno de izquierda, como lo sienten algunas de las facciones de la coalición, y nos llevaría para alcanzar los objetivos económicos que relatamos a una socialización de los medios de producción con estatización de empresas, nacionalización de la banca y del comercio exterior?
El desmanejo
Ya todos tenemos experiencias a nivel local e internacional de las consecuencias de los desmanejos económicos de corto y de largo plazo. Sabemos que un nivel exagerado de la tasa de interés -que puede ser ya alta por riesgo de contraparte- se debe a dos motivos especiales: a la desconfianza en la moneda o en el país o a una mala conducción monetaria. Si para abatirla se optara por expandir la cantidad de dinero sin que exista confianza en la economía local, en su moneda, el resultado sería no la baja de la tasa de interés sino su aumento concomitante con una mayor inflación, con subas del tipo de cambio y con una gran pérdida de reservas, insostenible para el Banco Central. Si no se atacan de otro modo las causas del problema, finalmente se optaría por el control de cambios, del nivel de la propia tasa de interés y del movimiento de capitales, en este caso para evitar la fuga que estimula la desconfianza. Y el desequilibrio macroeconómico sería tal que o se abandonaría ese camino -como ocurriera en 1973- o nos llevaría a nuevas formas de reprogramación de deudas con el exterior, a congelamiento de los depósitos, a total ausencia de inversión productiva por falta de definición de derechos de propiedad, de confianza, y por incertidumbre y a mayores desdichas en términos de bienestar para la población. Es porque la experiencia es conocida para quien tome ese camino que uno se ve obligado a pensar que en definitiva no puede ser el que finalmente se adopte. Pero si así fuera, porque el peso de las demandas internas en un coalición heterogénea así lo definiese, si el camino de la represión de las variables económicas claves se volviese común, entonces los desastrosos resultados conspirarían de inmediato contra los objetivos que se aspiraba lograr. Y el cambio de rumbo no será forzado por otra circunstancia que la del fracaso. En el trayecto hacia el poder, propalar que las tasas de interés van a bajar, que la inflación no será alta, que la economía va a crecer, que el bienestar va a mejorar, que los salarios van a subir y que el desempleo va a ser bajo, constituye un mensaje atrayente. Pero si los resultados de aplicar políticas inconsistentes con esos objetivos son diferentes a ellos, entonces las fuerzas del mercado obligarán a un cambio inmediato, como ocurriera en numerosas oportunidades, local e internacionalmente. De todos modos es obvio que se produciría un daño adicional, oneroso para una nación pequeña como la nuestra. Pero es el anticipo al castigo político que se infringirá a quienes gobiernen de ese modo que debería prevenirles de intentar fórmulas populistas de escaso retorno político en el mediano plazo y hacerles optar, como en el caso del Brasil de Lula, por manejos más ortodoxos, de buena administración.
Los economistas
También me refería en mi anterior columna, a que varios economistas afines con la izquierda tienen destaque académico y se han entrenado en universidades líderes del exterior, aunque ellos no son los más conocidos por nuestra población. Es por esos antecedentes que si ellos fueran consultados, no puedo más que reafirmar que los radicalismos que a veces se escuchan de integrantes de facciones de la izquierda recalcitrante seguramente deberán pasar un filtro de gruesa trama si no se desea que el desastre que puede causar su aplicación conspire políticamente contra la coalición. Si me equivocara, si todos los economistas de la izquierda que pueden ser influyentes en un eventual gobierno de la coalición compartieran los radicalismos escuchados -repudio de la deuda, romper con el FMI, vivir con lo nuestro, proteger a la actividad local, aumentar salarios al margen de la productividad de los protagonistas, mantener bajo el estado toda actividad productiva importante, preservar monopolios, derogar el régimen de Afap, etc.- entonces entraría a dudar de sus antecedentes. ¿Quien no sabe a esta altura que la protección arancelaria exagerada es un castigo para los exportadores y para el bienestar de los consumidores? Pienso que la disputa entre proteccionismo y libre comercio es un tema laudado a todo nivel en favor del comercio lo más libre posible. ¿Quien no sabe que la sobre dimensión del estado y de las empresas públicas conspira contra la productividad general de la economía y contra la buena asignación de recursos, contra la inversión privada en ella? Es también un tema que no requiere más discusión pues un estado exageradamente grande, improductivo, ineficiente y que ampara movimientos corporativos perjudiciales para el resto de la sociedad, se manifiesta en una presión fiscal que ahuyenta a la inversión y conspira contra el empleo. ¿Quien no sabe que el repudio de la deuda tiene como figura espejo el repudio internacional del país? ¿Quien no sabe que no podemos proteger a algunos sin dejar de castigar a otros que merecerían, como es el caso de los trabajadores, ser más amparados? Y así podríamos seguir con otras reflexiones de naturaleza similar. Otros problemas, en ámbitos no económicos, serán los que diferenciarán en gran medida a un eventual gobierno de izquierda de uno tradicional. Es en el cuidado de desbordes en esos ámbitos en lo que habría que tener más temor por sus consecuencias, claramente, difíciles de precisar.
Por:JORGE CAUMONT
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