18-03
POPULISMO EN LOS PROGRAMAS POLÍTICOS
Muchas veces confundimos al populismo con la transmisión al vulgo -al común de la gente popular-, de propuestas que son fácilmente aceptadas por ser atractivas para el receptor que sólo conoce de ellas lo superficial, pero que tienen consecuencias diferentes y la mayoría de las veces contrarias, a las que prometen. En realidad, el populismo es un conjunto de ideas que pretende velar por o defender los intereses y las aspiraciones del pueblo. El populismo nació como movimiento político y cultural en la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX y se caracterizó por ser una mezcla de socialismo y liberalismo que pretendió atraer, en oposición al zarismo, los intereses de la burguesía liberal, del campesinado y de la entonces naciente clase obrera. Algunos autores lo identifican con el bonapartismo, en honor a Luis Napoleón III que en la misma época, según Marcos Aguinis, “conmovió a las multitudes pobres hasta enamorarlas y de esa forma desvió la energía de su rebelión hacia el sometimiento político”. El populismo ha sido un movimiento que es diferente al accionar de una persona o grupo que transmite o propone ideas para halagar o dar motivos de satisfacción temporal a la población. Quien procede en los términos del populismo es populista y quien procede de acuerdo con el segundo caso, es simplemente alguien que opera populacheramente. Pero no siempre quien es populista deja de ser populachero. Sus intenciones pueden ir en aquel sentido pero pueden terminar resultando en el otro, en el de quien quiere halagar para extraer algún beneficio, generalmente político.
Kerry, el Demócrata
El candidato demócrata para las elecciones de noviembre en Estados Unidos se dice que es populista. Ante la lenta recuperación de los empleos en la nación del norte bajo el gobierno de Bush, John Kerry tiene una preocupación fundamental: evitar que el trabajo de los norteamericanos sea sustituído por el de los trabajadores del resto del mundo. La propuesta principal de su campaña en materia económica -que perjudicaría a sus socios comerciales entre los que nos encontramos-, es el proteccionismo de la actividad interna de su país, lo cual tiene, a pesar de la baja tasa de desempleo en Estados Unidos relativa a la de otras naciones, una aceptación generalizada. Sin embargo, desde Adam Smith y David Ricardo sabemos y lo vivimos, que el proteccionismo, vía aranceles a la importación o subsidios a las exportaciones, no solamente sacude adversamente a las economías de las otras naciones del mundo, sino además, que castiga a los consumidores en beneficio de los productores, que le hace perder eficiencia a la actividad productiva y que retrasa al crecimiento de los países que lo practican. Pero muchos norteamericanos, lejos de pensar en las consecuencias que puede traer una política comercial de ese tipo, adhieren a la intención. Las medidas proteccionistas atrapan al electorado, que en general piensa que las medidas no tienen costos ni que éstos pueden ser sensiblemente superiores a sus beneficios. Los resultados del proteccionismo, difíciles de entender y de evaluar por el común de la gente, siempre terminan apuntando a que hay alternativas mejores. En definitiva del populismo, de la asociación que Kerry busca entre el liberalismo y el proteccionismo, se terminará en un populacherío inconsistente con su deseo original.
Desempleo y salarios
El desempleo en Uruguay es alto, supera lo que podría considerarse la tasa natural de desempleo de nuestro país, la tasa de paro que agrega la que hay entre los que buscan puesto por primera vez y la de quienes voluntariamente están desocupados. Uruguay intenta surgir de una de las peores crisis que le afectaron en su historia y el número de desempleados se ubica todavía en niveles indeseados. Aunque últimamente alguna encuesta muestra que la preocupación fundamental de los trabajadores ha pasado a ser su poco rendidor salario y que de esa preocupación se deriva la mayoría de los conflictos laborales de los últimos meses, de todos modos sigue siendo de gran importancia el número de personas que no cuentan con el ingreso de una ocupación. No es casualidad entonces, que la proximidad de las elecciones internas de junio y la de las generales de octubre, den pie a las agrupaciones políticas en general para manifestar sus propuestas de aumento del empleo y de mejora de la retribución real de los trabajadores. Las consecuencias sociales del alto desempleo y del bajo poder de compra de las remuneraciones son tratadas por las fuerzas que dirimirán posiciones en las ocasiones citadas. Y por supuesto las medidas que se dice que se pondrán a funcionar son de diverso tipo, desde las que atacan no al desempleo sino al ingreso de la gente hasta las que aspiran a reducir considerablemente el número de los trabajadores en paro. Es del análisis de dichas propuestas que uno puede llegar a diferenciar entre los que son populistas y los que apelan a la populachería. Obviamente sin desconocer que pueden haber algunas sugerencias de acción que escapan a las dos categorías. Si el supuesto fuera que el elector es racional y adicionalmente, que dispone de buena información, entonces él sabría distinguir entre la que es una propuesta que tendría un beneficio neto positivo para la sociead y la que no. Aunque se podría discutir si todos los electores son racionales, no es descabellado suponer que carecen de buena información, por lo que podrían optar por las propuestas con beneficios netos negativos para él y más en general, para el país. Sobre todo cuando se considera el general conocimiento superficial de muchas cosas -al menos económicamente hablando-.
Eslogan
Contra el desempleo y por un salario digno es una consigna popular, generalmente impartida por quienes enarbolan esas razones para movilizarse en tiempos electorales o para manifestar rechazo contra la administración económica de un gobierno. Es una consigna que difícilmente pueda ser rechazable cuando se la enuncia. Todos queremos un país sin desempleo y con salarios dignos, que permitan un buen pasar no solamente actual sino para cuando en nuestro ciclo de vida nos internemos en su recta final. La consigna es popular pues es aceptable por todos, cuenta con múltiples simpatizantes. La intención es realmente adherible. El problema que se plantea en estos casos es, sin embargo, el de encontrar las medidas para que se pueda materializar la consigna en un resultado como el que ella busca. Cerrar a la economía para producir todo lo que se importa o para dejar de comprar afuera todo lo que se podría producir en el Uruguay, subsidiar exportaciones de acuerdo al contenido laboral de los productos que se vendan al exterior, o darle preferencia en compras del Estado a las firmas que ofrecen mayor ocupación, son intentos que en primera instancia y siempre, tienen recibo popular. No menos recibo tiene, aún en contextos ajenos al del asistencialismo político, la promesa de congelar tarifas públicas o mantener el precio del boleto cuando suben los combustibles gracias, entre otras cosas, a nuestro amigo Chávez, principal impulsor de cortes de la oferta de crudo de OPEP y principal aspirante a ingresar como socio comercial en el MERCOSUR. Pero esas propuestas no son mágicas, no tienen por qué derivar en beneficios claros, incontrastables, para la sociedad en su conjunto. Acarrean costos que son insoslayables. De hecho, la experiencia nos ha mostrado en el pasado -el presente no es más que el pasado que se repite y repite- que hay una contraparte y que es importante valuar el castigo que infieren. Lo que parece algo bueno e indiscutible, no deja de ser un eslogan, una frase expresiva de un deseo y a la vez una orden que se intenta dar a los subordinados. De vuelta como dice Aguinis, “para que el pueblo no madure hacia la autonomía y el bienestar”. Los ejemplos pueden ser ilustrativos. Cerrar la economía para determinados productos o para todos ellos trae aparejada, conjuntamente con un inevitable aumento de precios, una transferencia de ingresos de consumidores a productores y a los trabajadores que se empleen que son siempre un número menor al de los consumidores castigados por el aumento de precios. Asimismo, resulta en pérdidas de bienestar para los primeros -los consumidores, que deberán pagar más para disponer incluso menos que antes de bienes en el mercado-. En países pequeños el proteccionismo da lugar al surgimiento de formas de mercado imperfectas -monopolios, oligopolios, etc.-; que si bien no duran para siempre, se entronizan dado el tamaño del mercado. El proteccionismo con la excusa de aumentar el empleo limita fuertemente a la libre competencia que, como se sabe y no hay discusión al respecto, es la institución de mercado que con mayor bienestar contribuye para la población. Subsidiar a las exportaciones es encarecer dentro del país, los precios de los productos exportables, es engrosar las ganancias de los productores alcanzados por el subsidio y es subsidiar a los trabajadores de esos sectores con el contrapeso del castigo a los consumidores locales. Es crear empleos artificialmente y que tan pronto el subisio desaparece, con él también cae el puesto de trabajo. Es sacrificar además, a los contribuyentes pues son ellos los que financian la dádiva populachera. Congelar el precio de los combustibles como se prometió hace ya tres lustros con el precio del boleto no es una promesa de un populista. Es una promesa que de antemano se sabe que será imposible cumplir a menos que se produzcan reformas fundamentales concomitantemente en el Estado que permitan desencajar de su lugar a impuestos que generan en el país una de las mayores recaudaciones para el financiamiento del exagerado presupuesto nacional. En el contexto actual, ¿sería posible mantener congelado el precio de los combustibles con una precio del petróleo que ha trepado un 20% desde que se fijara por última vez en enero y habiendo ocurrido además, un aumento salarial a la plantilla de Ancap? Como vemos, el populismo se puede transformar en populachería muy fácilmente. Lo que es claro es que hoy, en un país tan venido a menos como el nuestro por formas de asistencialismo político que acostumbraron mal a nuestra población en el pasado, lo que se debe dar a la gente no es pescado, lo que se le debe dar es una caña para salir a pescar.
Por:JORGE CAUMONT
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